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Yoga, camino hacia la armonía

En la obra El banquete (o diálogo del amor) de Platón, Eryximaco expone el amor como resultado de la consonancia de elementos opuestos. Por ejemplo, dice, mientras el sonido agudo y el grave continúen oponiéndose no podrá haber armonía. Sólo es posible conseguir la armonía si entre estos elementos cesa la discordancia. Más adelante, siguiendo con su argumentario, se sirve de las estaciones del año para seguir refiriéndose a ella, a la armonía: todas las veces que los elementos (el frío, lo caliente, lo húmedo, lo seco…) contraen los unos por los otros un amor ordenado y componen una armonía justa y moderada, el año adquiere fertilidad y es saludable a los hombres, a las plantas y a todos los animales sin perjudicarlos en nada. Pero cuando es el amor intemperante el que prevalece en la constitución de las estaciones, destruye y arrasa casi todo, engendra la peste y toda clase de enfermedades que atacan a los animales y las plantas; las heladas, el granizo y el añublo provienen de este amor desordenado de los elementos. (Diálogos. Espasa-Calpe. 1979).

El amor hacia nosotras y nosotros mismos, sin juicios, desde el perdón, es nuestra armonía interior. Esa armonía interior nos aporta fortaleza emocional a la vez nos aporta estabilidad y seguridad; la base para poder afrontar los retos de la vida desde la creatividad. De todas formas para encontrar la armonía conviene lidiar con elementos opuestos de la misma forma que le conviene a las estaciones del año. En nuestro caso, el cuerpo y la mente. El cuerpo, que por naturaleza es vago, y la mente, que por naturaleza es frenética. El yoga es un camino para conseguir la consonancia entre estos dos elementos opuestos, la alineación de cuerpo y mente.  De esta forma, desde la armonía, desde tu fortaleza interior podrás proyectarte con todo tu amor, habiendo abandonado el miedo, habiéndote permitido el camino hacia la evolución, habiendo empezado tu propia revolución.

El yoga como revolución

Los profesionales de la salud mental prescriben, cada vez más, el yoga para combatir el estrés. De todas formas raramente se explica el por qué de esta relación, dejándolo en lo abstracto, lo cual muchas veces conduce a una práctica sesgada del yoga. En un artículo reciente, publicado en el diario El País, los expertos en yoga de India manifiestan su desagrado sobre cómo, en general, se está tratando el yoga en occidente: “está bien, pero llámalo fitness”, dicen. Y seguramente no les falta razón. 

El yoga actúa a nivel subjetivo, en tejidos profundos, glándulas (deteniendo la producción de cortisol) y órganos, de forma que el resultado de una práctica consciente se manifiesta a nivel físico, por supuesto y, también, a través de las emociones. Por lo tanto el yoga combate el estrés porque la práctica consciente lo sustrae de la cadena que nos lleva a las emociones. En vez de unas emociones alimentadas por el estrés, las emociones se alimentan de la práctica consciente del yoga. 

¿Cómo el yoga sustrae el estrés de la cadena de las emociones?

Nuestro cuerpo y nuestra mente actúan como una maceta lo hace con una semilla. La semilla es nuestro ser. Dicho de otra forma: nuestra intención en la vida. Imaginemos que nos disponemos a regar la maceta. Le echamos agua. Pero resulta que la tierra está seca, y de tan seca se ha vuelto impermeable y el agua, en vez de penetrar hasta la semilla, se escurre por los lados. De seguir así la semilla nunca llegará a ser la planta que está llamada a ser ni dará frutos. Lo mismo ocurre con nuestro cuerpo y nuestra mente. Debido al estilo de vida occidental, la tierra de nuestra maceta está seca. Nuestro cuerpo y nuestra mente acumulan tanta tensión que nos volvemos impermeables. Impermeables a algo fundamental como es la energía vital (prana) que debería distribuir nutrientes por todos los rincones del cuerpo. Y eso no es todo: la impermeabilidad también afecta las emociones. Las nuestras, desde luego, porque nos las bloquea, impidiendo canalizar nuestro amor fuera de nuestro círculo más íntimo limitado a pareja, hijos y poco más. Y nuestra actitud hacia las emociones de los demás, aislando nuestra empatía, nuestra capacidad receptiva, produciéndonos limitaciones, miedos y prejuicios a la hora de relacionarnos. 

El yoga sustrae el estrés creando espacio en nuestro cuerpo y mente, surcando la maceta para que el agua penetre hasta lo más profundo de nuestros tejidos y llegue a regar la semilla. Las asanas (las posturas) son ejercicios que desarrollan expansión desde la raíz, generando fuerzas contrarias que, como resultado, crean espacio en nuestro cuerpo. Y en la mente, porque la ocupamos en cada uno de los detalles de las asanas. Y también durante la meditación porque con la respiración controlada y consciente calmamos el ritmo cardíaco, calmando el ritmo cardíaco calmamos la actividad mental, y sólo calmando la actividad mental liberamos tensión; tanto tensión física como tensión emocional. 

Banksy

 

De esta forma el yoga nos acerca a la gratitud. Nos abre a recibir, comprender y compartir emociones. Porque lo contrario de la gratitud es el amor encerrado, el que se pudre, el que se convierte en rabia, el que nos tiene ocupados en cómo se percibe nuestro exterior más que aprender a percibir el interior de todo un universo. 

El yoga es gratitud, y la gratitud es la más pura de las revoluciones.

Duna Yoga

18 de julio de 2019.